Mi madre rompió aguas de sopetón, apunto de irse a la cama una noche de sábado. Después de 38 semanas y pico, esa barriguita era parte de su cuerpo y a veces mis padres se olvidaban de que yo tenía que salir de ahí!

Con mucha calma, mis papis llamaron a la matrona que estaba siguiendo el embarazo de mamá, y les recomendó que fueran al hospital a seguir la evolución de las contracciones. Se arreglaron, recogieron todas las cosas y a la 1’30 de la madrugada ya estaban en la habitación del hospital, controlando… Las contracciones no eran muy dolorosas y no sucedieron menos de 5 minutos, que eran las dos cosas que deberían haberse cumplido para avisar a la matrona urgentemente y empezar el parto.

A las 8’00 llegó la matrona y llevaron a mamá a la sala de dilatación, que es un sitio donde monitorizan los latidos de mi corazón y las contracciones de mamá, para asegurarse de que no nos pasa nada. Además, a mamá le administraron oxitocina para tratar de que incrementar la dilatación.

Las contracciones empezaron a dolerle más y le administraron anestesia epidural. El anestesista fue muy cuidadoso dada la importancia de la anestesia y lo delicado del lugar de su administración. Mamá apenas sintió dolor por los pinchazos, y a partir de ahí el dolor de las contracciones cesó.

La matrona trató de ver mi colocación con la mano derecha y observó que no estaba bien colocado, de forma que no se producía dilatación alguna. Como empecé a sufrir un poquito pusieron oxígeno a mi mami para ayudarme en el proceso.

A las 12’00, como nada cambiaba, el ginecólogo que había vigilado a mi mamá durante todo el embarazo propuso que me sacaran mediante una cesárea, que es una operación muy complicada, aunque se hagan muchas todos los días. Mis padres aceptaron la propuesta del ginecólogo para no prolongar mi sufrimiento y mi mamá pasó al quirófano.

A las 13’10 llegué al mundo.